Opinión

Día de la Prensa: la libertad no se imprime sola

Por Roberto Cadagán / 11 de febrero de 2026 | 21:10
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Por Juan Guerra Hollstein Seremi de Gobierno, Región de Los Ríos.
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Juan Guerra Hollstein
seremi de Gobierno, Región de Los Ríos

Cada 13 de febrero conmemoramos en Chile el Día de la Prensa, recordando la publicación del primer número de La Aurora de Chile en 1812. No es una fecha cualquiera. No es una ceremonia de saludos protocolares ni un rito de nostalgia republicana. Es, más bien, un recordatorio incómodo de que la prensa en Chile nació como un acto de emancipación. Y que su sentido profundo no era adornar la democracia, sino empujarla.

No es menor que el fundador de La Aurora de Chile haya sido un valdiviano: Fray Camilo Henríquez. Su figura no fue la de un simple cronista de época, sino la de un agitador intelectual, un constructor de conciencia, un hombre que entendió que las ideas —cuando se difunden— pueden quebrar cadenas más eficientemente que cualquier ejército. Camilo Henríquez no escribía para entretener: escribía para liberar. Y ese carácter emancipador sigue siendo, hasta hoy, la esencia más noble del periodismo.

Sin embargo, al mirar el Chile de 2026, es inevitable reconocer una paradoja brutal: conmemoramos el Día de la Prensa en medio de una crisis profunda de los medios de comunicación. No hablo solo de dificultades tecnológicas o cambios en los hábitos de consumo. Hablo de una crisis estructural, casi existencial, de la industria periodística. Cada semana conocemos recortes, despidos, redacciones vaciadas, radios locales debilitadas, diarios que sobreviven a punta de sacrificio o que simplemente cierran sus puertas. Y cuando un medio regional muere, no desaparece solo una empresa: se apaga una parte de la democracia.

Porque los medios de comunicación cumplen una función que no puede reemplazarse con redes sociales ni con algoritmos. Informar, educar y conectar a la ciudadanía no es un lujo cultural: es una infraestructura democrática. Sin medios sólidos, la comunidad pierde memoria, pierde fiscalización y pierde conversación pública. Lo que queda, muchas veces, es solo ruido. Y el ruido siempre es terreno fértil para el abuso.

Por eso Chile está al debe. Y hay que decirlo con claridad: seguimos al debe con una nueva Ley de Medios que fortalezca a los medios regionales y locales, que incentive un ecosistema plural, sostenible y verdaderamente democrático. No se trata de nostalgia por el diario impreso ni de romanticismo por la radio comunitaria. Se trata de una realidad política: sin medios locales fuertes, el poder se vuelve más cómodo, más invisible y más impune.

Como Gobierno del Presidente Gabriel Boric dimos pasos concretos: fortalecimos el Fondo de Fomento de Medios de Comunicación Social, dependiente del Ministerio Secretaría General de Gobierno, porque creemos que los medios locales no son un adorno territorial, sino una necesidad nacional. Pero también corresponde reconocerlo con honestidad: no logramos convencer a todos los sectores políticos de la urgencia de una discusión profunda y democrática sobre el futuro de los medios en Chile. Y esa falta de consenso, en los hechos, se traduce en fragilidad. Y la fragilidad en comunicación se paga caro.

Mientras tanto, la desinformación avanza. No como un accidente, sino como un modelo de negocio y una estrategia política. Cada día circulan mentiras diseñadas para indignar, dividir o manipular. Las redes sociales han democratizado la emisión de mensajes, sí, pero también han facilitado la circulación de bulos con una velocidad que ninguna verdad alcanza a igualar. Y cuando la mentira se instala como costumbre, lo que se erosiona no es solo el debate público: se erosiona la confianza social.

En este escenario, el periodismo serio —el periodismo verdadero— se vuelve más necesario que nunca. Los buenos periodistas no pueden quedar desplazados por la precariedad, ni obligados a sobrevivir fuera de los medios, ni reducidos a la lógica del click y el titular fácil. Los periodistas deben estar ahí, donde siempre han sido imprescindibles: mediando entre el poder y la ciudadanía. Preguntando lo incómodo. Exigiendo pruebas. Ordenando la realidad para que el país pueda mirarse al espejo sin autoengaños.

Fray Camilo Henríquez lo entendía con una lucidez que aún incomoda. Decía: La opinión verdadera se funda en la experiencia y la razón: la opinión falsa tiene por base la ignorancia y las preocupaciones. Esta es la que ciega a los hombres acerca de sus intereses más palpables, y enciende su fantasía con quimeras pueriles. En fin, ella es la que degrada las almas y las hace cobardes, tímidas, serviles e insensibles".

Y cuesta no sentir que esas palabras describen con precisión el Chile de hoy.

Por eso, este Día de la Prensa no puede ser solo un saludo. Debe ser una advertencia. Si dejamos morir a los medios, si normalizamos el debilitamiento de la prensa regional, si relativizamos el valor del periodismo profesional, entonces no estamos debilitando una industria: estamos debilitando nuestra libertad. Y la libertad, como bien lo sabía Camilo Henríquez, nunca se regala. Se defiende. Se construye. Y también se imprime.  Recibe nuestras noticias en: WhatsApp | Instagram | Newsletter.

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